
El último fin de semana media España estuvo pendiente de una reunión entre empresas por los derechos de retransmisión de un partido de fútbol. Los límites de poder de las empresas y globalizaciones no deja de sorprendernos hasta el punto de que medio país (sobre todo por los medios de comunicación) esté pendiente de si podrá ver el
"partido del siglo" o no. Tampoco nos deja de sorprender la capacidad negociadora de los entes televisivos para exprimir sus ofertas y demandas económicas hasta el mismo instante de la retransmisión. Es posible, que en un futuro no muy lejano, no se sepa si se podrá ver hasta cinco minutos antes del encuentro.
Hay que destacar, que el poder ver el partido se circunscribe a verlo en "abierto" en el sofá de casa,
sin pagar nada. El drama ocurrido no impedía que por medio del canal de pago se pudiera "disfrutar" de ese evento, o, en su defecto, acudir al bar de turno para verlo acompañado de una consumición. Pero parece ser que el no poder presenciar por canal público ese encuentro es anticonstitucional y atenta contra un bien de interés general.
En definitiva, los interesados en ver el partido lo hubiéramos hecho en casa de un amigo con canal de pago o en un bar con el mismo servicio. Todos veríamos tan vital evento y no ocurriría nada. La aureola que envuelve a los peces gordos del fútbol hace que las cosas se "salgan de madre".